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Por Enrique Orschasnski MP 13688

El uso universal de vacunas es una de las bases sanitarias indispensables para la prevención de enfermedades infecciosas. En nuestro país la mayoría de las familias muestra una fuerte adherencia a vacunar a sus hijos. Sin embargo, periódicamente las vacunas son cuestionadas por personas que les adjudican efectos perjudiciales. Es imposible reconocer cuántos conforman esta tendencia de rechazo, ya que no existen movimientos organizados sino posturas aisladas. El argumento que se expone con frecuencia es “no introducir elementos extraños en el cuerpo”, así como se excluyen aditivos o productos artificiales en los alimentos. La postura suele basarse en conceptos derivados de la Antroposofía, paradigma difundido por el filósofo naturalista Rudolph Steiner. Es curioso comprobar que estas ideas se propusieron entre 1883 y 1925, cuando el uso masivo de las vacunas apenas se insinuaba. Steiner se apoyaba enfáticamente en un reclamo de autonomía personal y no admitía intervenciones “foráneas”; aunque en realidad nunca abordó el tema vacunas ni postuló –como argumentan algunos seguidores- que era mejor sufrir las enfermedades “para la depuración corporal”. Temerarias afirmaciones en tiempos de medicina anticipatoria.

Necesidades
La necesidad de vacunar surge impulsivamente en situaciones de epidemias de enfermedades infecciosas. Basta pensar en el alivio que causaría a la población mundial disponer de vacunas contra el virus de la inmunodeficiencia humana (HIV). En cambio cuando no hay brotes el peligro no se percibe, y vacunar parece innecesario.
¿Quién piensa hoy en los severos trastornos asociados a difteria, poliomielitis o meningitis tuberculosa, desaparecidos gracias al uso de vacunas?
¿Alguien recuerda los centenares de muertos que causó la epidemia de viruela en Argentina en 1950? Justamente fue esta enfermedad la primera en ser erradicada en el mundo por el uso de vacunas. La poliomielitis, tragedia epidémica en nuestro país entre 1955 y 1956, también desapareció de la región de las Américas gracias a las gotitas del genial Albert Sabin.
Los programas actuales (desde el embarazo y hasta los 50 años) no sólo protegen de infecciones sino de las secuelas y muertes asociadas. Pero el objetivo final de la vacunación es más amplio; se persigue la erradicación de los microorganismos en comunidades.

Efectos adversos
Como todo medicamento, las vacunas causan efectos adversos. La ética en su indicación requiere que los beneficios superen dichos efectos. Episodios breves y autolimitados de fiebre y/o dolor son intrascendentes frente al beneficio de evitar epidemias. También existe el planteo ocasional de que la industria farmacéutica tiene un interés económico desmedido, por sobre los beneficios a la salud. La gratuidad de las vacunas del actual calendario en Argentina (2017) hacen inconsistente este prejuicio. Las vacunas dejaron de ser una decisión individual para convertirse en bien social. En este mundo global, tanto en niños como en adultos, la libertad no es elegir para sí, sino para todos.